Mente-Cuerpo: una dualidad anticuada

 

Hace 25 siglos, Hipócrates enseñaba que estar sano era la prueba de que un individuo había alcanzado un estado de armonía consigo mismo y con el entorno y que aquello que afectaba a la mente afectaba también al cuerpo.

Esta perspectiva se perdió en el siglo XVII, cuando el pensamiento científico occidental, encabezado por Descartes, dividió al ser humano en dos entidades distintas: un cuerpo (soma) y una mente (psique). Dos palabras distintas fueron tomadas por cosas distintas lo cual llevó a un modo de pensar dualista y a una medicina dominada por la asistencia del cuerpo (y alguna especialidad dedicada a atender la mente.)

 Las influencias psicológicas sobre el cuerpo no fueron reconocidas como objeto científico de estudio hasta el siglo XX. Se le atribuía al cuerpo una “realidad” de la que carecía la mente, de modo que los pensamientos se hicieron “irreales” y cualquier cosa que no tuviera un fundamento fisiológico visible y constatable era tachada de “imaginaria”. La experiencia subjetiva era desestimada y hasta ridiculizada. El paciente era un cuerpo que curar y la medicina se concentraba principalmente en el tratamiento de la enfermedad, interviniendo físicamente para compensar las desviaciones de la norma biológica y los desequilibrios existentes.

A lo largo del siglo XX se han descubierto fármacos cada vez más efectivos y se han hecho avances sorprendentes en muchos aspectos. En los años 40 aparecieron los antibióticos y hoy se curan en forma rutinaria muchas enfermedades que hasta hace poco eran mortales y se ha incrementado notoriamente la longevidad y la calidad de vida. Sin embargo, la medicina moderna occidental actúa como si todos los problemas de salud fueran biológicos y pudieran tratarse con intervenciones y tratamientos físicos, desestimando el poder del paciente para actuar sobre su propia salud, anulando en cierto modo los recursos de las personas para entender, interpretar e inclusive actuar sobre sus dolencias.

Los pensamientos y los estados de ánimo, en particular aquellos que se reiteran en el tiempo, influyen en el cuerpo de diversas formas. Si bien mente y cuerpo forman una unidad indisoluble, tienen diferente velocidad de respuesta. La mente viaja muy rápido y las respuestas físicas son más lentas. Allí radica una de las dificultades para interpretar el origen mental de los padecimientos del cuerpo: pueden estar alejados en el tiempo. Así como el negativismo, la envidia, la ira, el odio, el rencor, una autoestima deteriorada, se expresarán en el cuerpo en algún momento, también lo harán los pensamientos positivos, el amor, el perdón y la armonía.
¿Cómo y de qué manera eliges estar pensando hoy?

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